miércoles, 20 de diciembre de 2017

Kay

Al menos pude decir que la ayuda llegó a tiempo. Mis ojos contra la lluvia pudieron ver con mayor claridad la luz azulada de los sables laser más que las figura de aquella extraña pareja, obviamente jedi, enfrentándose a la gigantesca criatura. No era para menos que necesitasen ayudarse mutuamente. El Krayt estaba enfurecido por la invasión de su territorio y rugía lanzando dentelladas sin parar. Me arrastré por las piedras y el fango alejándome del area de efecto de los golpes de la inmensa criatura mientras veía al hombre lanzar estocadas hacia la criatura hiriéndola en diversos puntos. Sables laser. No pude evitar bufar. Una de las armas más poderosas que la galaxia alguna vez había conocido. Energía concentrada y solidificada en la mano de un hombre, mucho más potente que cualquier disparo blaster de mano. Me agazapé tras una gran piedra oscurecida y húmeda por la lluvia para ver llegar finalmente a la chica a entrar en acción. Se subió de un gran salto al lomo de la criatura y desde allí, hundió el sable en las escamas de la bestia. El Krayt rugía y se zarandeaba con fuerza tratando de librarse de ambos atacantes, pero yo podía observar que claramente la batalla estaba ganada. Ambos jedi parecían comunicarse mentalmente, compartían un vínculo y una sincronía especial a la hora de combatir juntos. Cercenaron varios pedazos del Krayt antes de usar la Fuerza para empujar su enorme cabeza contra las piedras y mantenerlo inmovil antes de que ambos sables se enterraran en su largo cuello y comenzaran a cortárselo desde dos direcciones en una veloz vuelta que culminó, por fin, con el silencio. La cabeza de la criatura se separó del resto del cuerpo despidiendo una peste casi insoportable, que llegaba incluso hasta donde yo me había resguardado. Me acerqué por fin, algo magullado, cuando apagaron los sables dando por entendido que la contienda había finalizado -Menudo espectáculo- declaré con media sonrisa, mirando a la enorme bestia muerta
-Ha sido muy estúpido por tu parte aceptar un reto semejante- declaró el hombre, cruzándose de brazos. Me miraba dubitativo, reflexivo -Habrías muerto de no ser por nosotros-
-Pero estabais ahí conmigo- me encogí de hombros -No tiene sentido a estas alturas hablar del qué habría pasado si no hubieseis estado. Tal vez habría escogido otras opciones- dije dirigiéndome hasta las entrañas de la bestia, que comencé a abrir con un afilado puñal que llevaba en el cinturón. Estaba duro. Demasiado duro. La chica se acercó con el sable encendido y rasgó el vientre cadavérico del Krayt para desparramar sus tripas por todo el lugar, así como sus jugos gástricos y los restos sanguinolientos del Bantha. Pobre animal -Gracias, supongo- dije tapándome la nariz, igual que ella. El hombre seguía mirandome confuso. Estaba estudiándome, igual que antes. Seguramente no sabía descifrar quién era yo, ni mis intenciones. Trataba de dilucidar si ya sabía con anterioridad si eran jedi o no. Y vaya que si lo sabía. Lo percibía en ellos. Sobre todo y por alguna razón, de ella. La Fuerza. Ese poder místico, extraño e impredecible que me había salvado la vida y a la vez me había condenado desde mi infancia. Lo detestaba, trataba de no usarlo ni en las situaciones en las que mi vida corría peligro, pero me ayudaba de forma inconsciente a prevenir, a sentir. Y allí estaban ellos. Emanaban ese aura que sólo un jedi portaba. De entre todos los seres vivos de la galaxia conocida, tuvieron que ser dos jedi. Pero al menos me habían ayudado con el asunto del Krayt y eso a su vez era un problema mucho mayor. Desconocía qué pensarían ellos, pero yo sabía perfectamente bien que Oltross esperaba venir al alba y matar al Krayt para encontrarme en su estómago casi descompuesto por la digestión. Por mucho que valiese la perla que estaba sacando del cuerpo de la bestia, no le bastaría. Él quería mi sangre, no créditos ni fama. El reconocimiento era para él más que nada en el universo. Era uno de esos mandalorianos que se aferraban a las viejas costumbres y hacía de ellas su modo de vida.
-En resumen nos estás diciendo que ya sabías que somos jedi- dijo el hombre cruzándose de brazos nuevamente mientras yo urgaba las tripas del Krayt para sacar la enorme pela, casi tan grande como un droide redondo. Pesaba bastante
-No tenía certeza de ello-
-No parece sorprendido-
-¿Debería sorprenderme de que los policias del espacio republicano anden por Nido de Arañas?-
-No somos policías, chico-
-Creeme, lo sé. Pero a veces actuais como tales cuando no debéis-
-Buscamos simplemente mantener o restablecer la paz-
-Esa palabra no existe en muchos planetas del Borde Exterior- sonreí -Si no os importa, por cierto, tenemos que llevar esta cosa a Oltross antes de que venga a creer que puede matar al Krayt-
-De acuerdo, pues...- me dejó pasar a mí primero, preparándome para ascender hasta fuera de la abertura en la tierra. No faltaría demasiado para el amanecer, así que teníamos que darnos prisa -Suelta la perla- me giré para mirarle
-¿Por qué?- él me miró con una risilla en los labios
-Oh, no, nada... Pensé que había visto algo-
-Jedi... Todos locos- bufé antes de seguir ascendiendo. No me percaté de que le susurró algo a su padawan antes de seguirme, o eso fingí. Supe que le estaba diciendo que había vuelto a intentar influirme con la Fuerza y que no lo había logrado. Ellos dos sabían perfectamente que yo estaba conectado a la misma y ese hombre sólo trataba de hacerme sacarla a la luz.

 La caminata se hizo mucho más larga a la vuelta que la ida. Quizá el peso de la perla tenía algo que ver. Me animaba al menos le hecho de poder dejar atrás el planeta, porque estuviese de acuerdo Oltross o no, ibamos a abandonar Kardum de una maldita vez, de eso estaba seguro. Avanzamos hasta la nave, que seguía allí, perfectamente recortada contra el gris del alba kardumense, que no cejaba jamás en su lluvia impertinente. Para mi sorpresa, sólo estaba uno de los soldados de Oltross vigilando la puerta. Conforme nos veía llegar con la brillante piedra redonda, hizo una llamada por el comunicador. Su jefe mandaloriano no tardaría en llegar -Esto va a ser coser y cantar-
-¿Estás seguro?- preguntó el maestro jedi -Yo tengo la vaga sensación de que sabes tan bien como yo que aquí se va a formar una trifulca-
-Entonces no sé por qué no tienes el sable en la mano- me burlé, dedicándole un guiño de ojo a su alumna, que suspiró, quizá de cansancio o porque estaba harta de la situación. Supuse que no estaba demasiado acostumbrada a estar en un clima semejante. Kardum te absorvía la energía con su pesada lluvia, que no siendo distinta a las lluvias de otros planetas más allá de que jamás se detenía, simplemente su continuo caer sobre uno lo terminaba cansando. Además estaba la sensación desagradable de fría humedad
-Estás bromeando- oí de pronto cuando el pelotón de Oltross apareció -No has podido dar caza a un Kray colosal tú solo con dos vagabundos-
-Lo que ven tus ojos es la realidad- dije triunfante -Ahora toma, que pesa como un demonio- dije con pesadez mientras la dejaba en el suelo. Oltross se acercó para inspeccionarla. Comprobó, herido en el orgullo, que era una perla de Krayt
-Llevadla a la nave- ordenó a sus secuaces, que obedecieron
-Muy bien, trato hecho. Te llevas la gloria y el dinero. Ahora devuélveme el Anima si eres tan amable- y esperé en silencio. Sólo la lluvia hacía ruido a nuestro alrededor. Silencio. Largo silencio -¿Se te ha apagado el audífono del casco o...?-
-Eres el mayor insulto que alguna vez me ha dedicado la vida, Kaydan- dijo de pronto, furioso -El simple hecho de verte me pone enfermo-
-Me encantaría poder decir que es el mismo placer para mí hacer tratos contigo. Mi nave, por favor-
-En seguida- me señaló con dos dedos en un gesto táctico militar. Ordenaba un ataque. Oí los zumbidos de los sables laser de los jedi encenderse en cuanto el primer blaster se disparó directo a mi frente. La chica consiguió desviarlo al ponerse frente a mí -¿Jedi?- se sorprendió Oltross. La padawan le indicó que no querían batalla, sino salir del planeta. Habían hecho un trato con nosotros. No tenían por qué atacar -Oh... sí que tengo. Y si os interponéis, también caeréis-
-No quisiera sonar presuntuoso, mandaloriano, pero la Fuerza está con nosotros-
-La Fuerza esa a la que adoráis estuvo con los jedi que también han caido alguna vez bajo mi blaster ¡Abrid fuego!- el ambiente se llenó entonces de disparos. Conseguí covertura tras unas cajas de comercio que había apiladas en la zona de aterrizaje y esperé el momento para abrir fuego. Los mandalorianos, por igual, buscaron una buena posición. Maestro y aprendiz jedi unieron sus espaldas y se dedicaron a dar lentas vueltas sobre sí mismos desviando los disparos con total precisión. En alguna ocasión, conseguían que el desvío del blaster acertara a quien había disparado, derribándolo malherido en el suelo. Nos abrumaban en número aún así. Oltross prácticamente había traido casi todo su clan y eran habilidosos. Cuando los blasters resultaron inútiles comenzaron a disparar pequeños cohetes y granadas que los jedi no podían desviar con los sables. Terminaron cubriéndose a mi lado junto a las cajas
-¿Algún plan?- pregunté al maestro
-¿Y me lo preguntas a mí? Eres tú el contrabandista y el dueño de la nave, así como el que conoce a ese tipo-
-Siempre gusta una segunda opinión- una granada estalló muy cerca de nosotros, cubriéndonos de barro. La chica se quejó, cuestionándose si siempre era tan graciosillo incluso en situaciones de peligro -¿Qué te puedo decir, encanto?- le volví a guiñar un ojo -Es mi forma de hacer las cosas- otras explosiones comenzaron a destruir las cajas. Pronto estariamos sin cobertura
-Debemos salir de aquí-
-Haced algún truco de jedi-
-¡Hazlo tú!- se impacientó el maestro -Sé que eres fuerte en la Fuerza, muchacho. Haz algo para salir de esta-
-Te ha costado hablar con sinceridad, maestro jedi- borré la sonrisa de mi cara
-¿Era a eso a lo que estabas esperando? ¿A que te dijera mis intenciones?- dijo molesto
-No me gustan las mentiras ¿Sabes? Odio a quienes se creen también más listos que yo- maestro y padawan podían apreciar que el hombre que había estado con ellos, el llamado Kaydan, era una máscara que ocultaba al verdadero. En mis ojos se podía ver que sabía mucho más de lo que había aparentado
-En ese caso disculpa, pero salvar la vida es más importante ahora mismo-
-Sí, pero eso no quiere decir que...- entonces rugieron los motores del Anima. Me puse en pie, exaltado ¿¡Se habían metido en la nave!? El transporte se elevó muy ligeramente para girar sobre sí mismo y encañonó a los mandalorianos. Los disparos blasters causaron graves daños a sus fuerzas
-¿Eso lo estás haciendo tú...?- se sorprendió el maestro
-Más quisiera- dije verdaderamente sorprendido. La nave se posó y la compuerta se abrió -No importa ¡Vamos, vamos, vamos!- los tres entramos en la nave y pulsé el botón de cierre. Me dirigí a toda velocidad a la cabina para encontrar a un mandaloriano tirado en el suelo en mitad del camino. El guardia que faltaba. Allí, en el asiento del piloto, estaba Yuula -¿¡Qué demonios...!?-
-Y-yo sólo quería a-ayudar...- dijo temblorosa -N-no sé manejar esto y...-
-¡Déjame sitio!- la aparté del asiento y me senté.  Tomé los mandos del Anima y no dudé en tirar de ellos para que la nave comenzara a ascender inclinándose hacia las nubes de tormenta -¡Vamos!- di máxima potencia a los propulsores y en cuestión de segundos nos lanzamos a toda velocidad hacia la atmósfera. Por un momento, la calma se pudo sentir en la nave
-¿Esta twi'lek es amiga tuya?- preguntó el maestro
-Y-yo... sólo...-
-¡Maldita sea, Yuula!- dije furioso -¿¡Tienes idea en el problema que me metes al meterte en mi nave!? Ahora vamos a salir del planeta. Me señalarán por haberme llevado a una esclava sin haber pagado previamente por ella-
-Yo sólo quería ayudar...- se sentó triste, apagada y desfallecida en el asiento del copiloto
-Creo que no es necesario ser tan duro con ella, chico. Nos ha salvado la vida-
-¡Os la ha salvado a vosotros!- gruñí -A mí me ha puesto una diana igual o más grande que la que tenía hace unos momentos en Kardum- Yuula, dolida, se acarició uno de sus lekus con tristeza. Entonces la nave comenzó a emitir un pitido
-¿Qué ocurre?- el jedi miró los sensores
-Nos siguen. Son mandalorianos. No van a descansar...- bufé
-Pensé que tendrían una nave común, pero son cazas individuales- señaló el jedi, meciéndose la barba, meditabundo
-Es el método de Oltross. Son una manada y cazan en manada. Sus cazas son lo bastante potentes como para hacernos pedazos si nos envuelven como un ejambre. Tenemos que dar el salto a la velocidad luz antes de que- una sacudida de la nave me hizo callar. Pitidos y luces parpadeaban por todas partes -Mierda, nos han dado-
-¿No has subido los escudos?-
-Yuula no ha encendido la nave al completo antes de arrancar los motores-
-¡No sabía arrancarla! ¡Os he podido ayudar por pura suerte!- sollozó, triste por ser constantemente señalada
-¿Alguien es bueno disparando? Lo haría yo pero no pienso dejar a nadie tocar los mandos de mi nave- miré a Yuula y rápidamente la descarté. Luego pasé al maestro jedi, pero concluí en la padawan -Eh, guapa ¿Qué te parecería jugar al tiro al jawa?-
-Eso es cruel- señaló el maestro -Y se llama Nym. Trátala con el respeto que merece-
-Bonito nombre Nym- la nave volvió a sacudirse -Ahora si te parece ve a la torreta y destrózalos. Tú también maestro jedi, a la inferior- señalé -Es hora de que nos libremos de Oltross de una vez...-

 Mientras tanto, en otro planeta del Borde Medio...

Una joven jugaba en el patio tras su casa. Una casa humilde, de una familia humilde de granjeros. La chica era lo bastante mayor para entender la situación en la que vivían, la situación de la galaxia, y la de aquellos a los que admiraba. Con una vieja rama de árbol golpeaba con estupendos malabares a un muñeco de paja que ella misma se había labrado, como toda una jedi. Apenas con 12 años ya había tomado disciplinas a la hora de manejar su imaginado sabler laser. Su madre la observaba sonriente desde la puerta de su casa, antes de marchar al interior para preparar la comida mientras su padre volvía de trabajar en la granja. Fue en la caida del sol de aquel aciago día, cuando la chica, en su delirio y divertimento infantil, imaginó que usaba un poder increible para derribar el muñeco. Su sorpresa fue que efectivamente, el muñeco salió volando, impulsado por un golpe de la Fuerza. La niña se tornó pálida y se miró la mano, asustada ¿De verdad había usado la Fuerza? ¿De verdad podría ella... ser una jedi? Una sonrisa de emoción le llenó el rostro y la iluminó como una estrella. Estaba deseando contárselo a su madre ¡Seguro que la abrazaría con mucha ilusión! Pero al darse la vuelta vio aquella perturbación. Aquella onda que agitaba el aire como si hubiese una masa invisible ante ella. La abrazó. Sintió frío, un frío gélido que le caló cada hueso del cuerpo. Dolor, sufrimiento, que pronto se tornó en odio. Un odio ajeno, extraño. Un odio que ella personalmente no sentía, pero que se le transmitía. Un odio que finalmente terminó por ser suyo en pocos minutos. Los ojos marrones de la chica lentamente se tornaron en dorados como un sol que lentamente se apaga. Sentía... sentía tantas cosas...

Marlo Zu era un hombre ocupado con las granjas, siempre trabajando, apenas descansando, pero gracias a ello su familia vivía lo bastante bien. Se contentaba con llegar a casa en el ocaso para ver a su joven hija, siempre imaginativa, siempre divertida. Se contentaba con que al caer la noche podía dormir junto a una esposa bella, amable y cálida con la que siempre podía compartir todo el amor de la galaxia. A pesar de una vida de trabajo cansado, al menos era eso, una vida. Una vida que siempre quiso tener. Se contentaría con ello siempre, o eso creía. Aquella tarde el cielo era más oscuro que de costumbre y no sintió nada extraño hasta que llegó a su casa. La luz estaba apagada y no le invadió el exquisito olor de la comida -¿Ezna?- preguntó el hombre, pasando con cautela -¿Rym?- llamó a su hija también. Ninguna contestó. Anduvo con cuidado por el interior de la casa a oscuras hasta que consiguió encender la luz. No gritó porque las lágrimas le cayeron en cascada asfixíandole el alma. Su esposa, su dulce esposa, rígida, grisacea y seca, estaba sentada sobre una silla -Ezna... ¿Qué...? Esto no puede estar pasando...- cayó de rodillas derrotado, roto de dolor, tapándose la boca con las manos para no gritar. Oyó unos pasos a su espalda. Al girarse vio a su hija, en pie, tras él. Lo último que vio fue aquellos ojos dorados, no los que había sólo en ella, sino en la extraña figura fantasmagórica que por unos instantes llegó a poder ver. La chica extendió la mano frente a su rostro y friamente sonrió
-Duerme bien, papá- le deseó con dulzura, antes de que una vibración llenase el ambiente y Marlo gritara como nunca antes había gritado, de puro dolor. El resto de la noche, reinó el silencio...

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