lunes, 18 de diciembre de 2017

Nym

La desagradable sensación al sentir los pies hundiéndose sobre el enfangado suelo, comenzaba a cansarme. Tanto o más que estar empapada, sintiendo el peso de la túnica sobre mis hombros crecer sin medidas -Este planeta... ¿Es siempre así?- bufé.
-¿Así como? ¿Oscuro? ¿Grisáceo?-
-Húmedo- contesté redundante, lo que provocó una ligera sonrisa en mi maestro. Realmente, sabía a qué me refería.
-Siempre que he venido, ha arreciado una tormenta, ciertamente. Las condiciones de este planeta lo convierten en algo que para ti, mi joven padawan, supone un caos. El clima es mayoritariamente húmedo y borrascoso. El suelo que pisas, es capaz de soportar meses de diluvio constante.- Hizo una pausa en la que me miró de reojo. Lo sentí, pero no le devolví la mirada. Seguí con el ceño fruncido siguiendo sus pasos -Sin embargo, para los habitantes de Kardum, cada gota de agua es una bendición. Las inundaciones provocan el crecimiento de plantas que dan frutos importantes para el consumo y el comercio, únicas en toda la galaxia, lo que se traduce en su principal sustento-
-¿Y la lección es...?-
-Lo que para ti es un problema, para otros es necesario. Cuida la manera en la que solucionas los problemas cuando dicha solución esté a tu alcance. Analiza si es solo un problema para ti o para los demás. Y sobretodo, ten cuidado con tus acciones. Un simple cambio de algo que parece común, puede alterar el bienestar de otra persona-
-Incluso en la lluvia encuentras inspiración para enseñarme algo, maestro-
-Sería un mal maestro si no lo hiciera, y tú una mala aprendiz si no lo aceptaras-
-Claro que las acepto, pero...- Tragué saliva un instante. Después dudé. Había algo que siempre buscaba sonsacar de alguna forma a Dal, pero no encontraba el momento, la situación ideal o la divina suerte de que me escuchase atentamente. Me pareció que había llegado la hora, de forma que decidí lanzarme -Maestro, me gustaría hablar sobre un asunto, ya que...-
-Mira, una cantina. Será buen lugar para resguardarnos de la lluvia- señaló ligeramente con la mano. Me había cortado la conversación... o quizás no me había oído. Suspiré levemente y observé la dirección de sus dedos. Frente a nosotros, se hallaba una tasca ovalada y grisácea. Desde sus ventanas se vislumbraba un brillo tenue bajo la lluvia. -Apuesto a que aquí encontraremos la forma de reparar la nave- comentó alegremente a la vez que aceleraba el paso. No me quedó otra opción que seguirle.

Al abrir la puerta y retirarnos la capucha de la cabeza, sentí que todas aquellas especies que se hallaban en el interior, bebiendo, festejando, riendo o jugando, detenían sus acciones para girarse y mirarnos. Encontré miradas de asombro y algunas de rechazo. A los pocos segundos, volvieron a sus quehaceres, pero con menos jolgorio del que, aseguraría, habían mantenido antes de nuestra llegada -¿Saben quienes somos?- murmuré en voz baja
-No han visto nuestros sables. No lo creo-
-¿Entonces? ¿Que les ocurre?-
-Los Kardumianos son gente bastante... desconfiada.-
-Apuesto a que aquí hay dentro hay peores cosas de las que preocuparse...-
-Guarda tus pensamientos. Tomemos asientos y planeemos qué hacer ahora. Tenemos que ser rápidos. El Consejo me espera- Dal tanteó varias mesas libres hasta finalmente decantarse por la más apartada y arrinconada de todas. 
-¿Es grave?-
-No lo se, mi joven aprendiz. Sólo sé.. que ha sido muy extraño- Quise sentarme a su lado para comenzar a planear. La preocupación me concentraba, de forma que debía aprovechar esa virtud. Sin embargo, me vi invadida por una silueta celeste y alta. Una Twi'lek, vestida con harapos rosas y morados, me había tomado las manos de sorpresa. La sentí llegar, pero no me esperaba aquel contacto tan invasivo. Por ello, retiré las manos como si las suyas diesen calambre.
-Disculpa ¿Nos conocemos?- Mi pregunta la dejó sin palabras. Abrió la boca para hablar, pero no dijo nada. A mis espaldas, Dal contemplaba la escena casi sin pestañear. 
-No... no nos conocemos... Pero me preguntaba si te gustaría hacerlo, claro- 
-¿Conocernos? Bueno, no tengo impedimento en conocer a los habitantes de Kardum, pero estoy ocupada y no es la socialización lo que me ha traído hasta aquí- Quise sentarme, pero una vez más, no me dejo.
-No has probado como para decir que no te gusta... Yo podría saciar tu curiosidad- dijo la Twi'lek con una voz extremadamente seductora. Fruncí el ceño, porque no entendía que había querido decir con aquellas extrañas palabras. Miré a Dal, buscando respuestas en él... o ayuda. Mi maestro se limitó a arquear una ceja y poner una expresión algo divertida. Entonce até cabos y lo entendí. Eché una ojeada a la cantina. Allí había más chicas, de distintas razas, entreteniendo a los clientes. Una bailaba solitaria al fondo de la sala. Si algo las unía, es que ninguna mostraba un rostro exageradamente alegre y feliz. Borré aquella expresión dudosa de mi rostro con intención de alzar la mano y reparar la situación de aquella chica rápidamente. Y cuando fui a hacerlo, la mano de Dal rodeó mi muñeca, impidiéndome alzar mis dedos.
-Recuerda... analiza primero el problema- murmuró. Tragué saliva y volví a mirar a la chica. Mi maestro tenía razón. No sabía si mi problema era el suyo, o si solventando el suyo realmente la ayudaría. 
-Discúlpame... no me interesa- murmuré algo apagada. La Twi'lek asintió triste y se marchó. Solo entonces pude sentarme.
-Nym, el Consejo nos reclama en Coruscant cuanto antes. No podemos entretenernos.-
-Lo sé, Maestro-
-Bien, entonces pensemos- Dal echó una mirada lenta a los clientes.
-¿Es posible que haya un depósito?-
-¿Uno en el que guarden buenas piezas funcionales? Solo los más pudientes de Kardum podrían tenerlo. Cualquier buena nave en un depósito al aire libre se estropearía con este clima-
-Entonces...¿Con cuantos créditos contamos? A parte de los créditos no tenemos nada que usar como moneda de intercambio, además de nuestras manos, claro. Aunque, dada la situación de estas chicas... nuestras manos me preocupan- Dal fue a decir algo. Quizá iba a contar los créditos, o quizá iba a proponer otra alternativa, pero calló, porque un hombre se acercaba a nosotros a una considerable velocidad. Le vimos venir, pero aquello no le hizo detenerse. Se sentó junto a Dal, le tomó de la mano y entabló con el una conversación sin sentido alguno. No tenía ni pies ni cabeza lo que decía, así que solo contemplé una única razón. -Oh... ¿Él también?- le pregunté a Dal. ¿Por que había en Kardum tanta gente esclavizada?


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