Nym
Las naves mandalorianas se atisbaban a simple vista. Estaban tan cerca, rodeándonos en un circulo tan perfecto, que tardaríamos poco o nada en caer si no tomaba las riendas rápido. Por ello, me senté en el puesto de artillería de un salto, tomando los controles de los cañones como si llevase años haciéndolo, aunque no fuese así. Durante mi adoctrinamiento, habían sido múltiples las veces en las que había tenido que manejar los controles de los cañones de una nave, pero no tantas como para tener una destreza admirable a la hora de derribar las naves de una persecución. El sable era la extensión perfecta de mi brazo, no aquellos mandos cuya pantalla central se coloreaba de rojo y pitaba cuando centraba la nave enemiga. Tuve que cerrar los ojos y tranquilizarme un par de segundos, para finalmente, comenzar a disparar.
Los cañones láser se movían a una voluntad independiente a la que Kaydan dirigía la nave, emitiendo movimientos giratorios y ascendientes cada vez que era conveniente. Las naves mandalorianas caían una a una con lentitud. Si contaba con una especial ventaja sobre ellos, era la Fuerza. Podía intuir los movimientos de aquellos perseguidores, incluso sentir el momento en el que accionarían sus propios cañones. Por ello, tras recorrer varios kilómetros en una carrera frenética, esquivando numerosos asteroides, la nave del contrabandista entró en el túnel de la velocidad luz cuando apenas me quedaba una nave más que derribar. Solté los controles tras suspirar. La velocidad luz... era lo más similar a un momento constante de paz que había disfrutado en toda mi vida.
-¿Todo bien, aprendiz?- La voz de Dal llegó hasta el puesto de artillería. Sabía que mi maestro era consciente a la perfección de mi buen estado, pero supuse que no eran más que preguntas de cortesía. Cuando salí y llegué hasta la cabina principal, encontré a Dal cruzado de brazos, observando de forma constante al piloto, quien se hallaba algo desplomado sobre el asiento. -Sólo me quedaba una nave- afirmé. Aquellas palabras no parecieron disgustar a ninguno, excepto a la Twi'lek, quien me dirigió una mirada llena de miedo y asombro simultáneos. -¿Ya nos dirigimos a Coruscant?-
-Así es. Mucho me temo que seremos los últimos en llegar-
-¿Yo podría... quedarme allí?- preguntó la joven de piel azulada. Si voz sonaba temblorosa. Se sentía totalmente perdida.
-No seremos nosotros quien te lo niegue. Eres libre de hacer lo que te plazca con tu vida-
-¿Podré ser libre allí?- preguntó con un brillo de luz esperanzador.
-Allí y donde quieras. Puedes buscar un oficio nuevo... un hogar nuevo... Lejos de los suburbios de Coruscant, si me permites el consejo. La capital de la galaxia esta repleta de oportunidades- le sonreí. Observé como ella sonreía, alegre, e intentaba expresar esa alegría a Kay, quien sin embargo, no la miró. Percibí algo de tristeza nuevamente en la mirada de la chica. -Maestro ¿Podemos hablar un momento?- pregunté entonces, llamando la atención de los tres. Sin decir nada, me aparté de la cabina y busqué un lugar más alejado donde no pudiesen oírnos.
-¿Ocurre algo?-
-Percibo tu interés crecer en Kaydan. ¿Que piensas hacer con él?- pregunté curiosa.
-Voy a hablar sobre él en el Consejo-
-¿Vas a pedir su inclusión en el Templo?- me asombré, a pesar de que sospechaba aquellas intenciones desde el momento en el que sentí la Fuerza emanar de él.
-Necesita aprender a manejar la Fuerza-
-Es mayor-
-Es sensible-
-Pero apenas puede mostrarla. Parece... parece no querer usarla-
-Razón de más para hablar de él en el Consejo. Sé que es demasiado tarde para él. Es demasiado mayor y sus sentimientos demasiado arraigados. Pero hay que intentarlo. No podemos dejar qu un contrabandista ande suelto con esa sensibilidad-
-¿Crees que el Consejo le aceptará?- pregunté con más curiosidad aún.
-Lo más probable es que no, pero lo intentaré. Ese hombre necesita un maestro...- murmuró. Sentí una oleada de orgullo y capacidad. ¿Lo decía por mí? Sería todo un reto, pero a la vez todo un honor, que confiasen en mi tal tarea.
-Como quieras, maestro. En cualquier caso, me siento ligeramente impaciente por llegar a Coruscant. No dejo de pensar en aquella sacudida. Me preocupa que el Consejo haya categorizado la reunión como urgente.-
-Paciencia, joven padawan. Pronto resolveremos todas estas dudas- Al decir aquello, la nave dejó atrás el hiperespacio. Frente a nosotros, Coruscant brillaba de un rojo luminoso y atractivo. No podía esperar más.
Tras pedir permiso para entrar a la ciudad, y posteriormente, aterrizar en el templo, Dal se marchó a toda prisa en dirección a la torre en la que el Consejo se reunía. Yo me quedé cerca de la entrada del templo, junto con una Yuula curiosa y un Kaydan que se paseaba con cierto aire aburrido por la zona. Decidí no alejarme demasiado, porque sentí que Dal no lo querría, sobretodo si le daban luz verde a sus planes con el contrabandista. La Twi'lek sonreía al ver aquella arquitectura tan bella, la enormeza de Coruscant reflejada tras los enormes ventanales y el ir y venir de la gente. Sonreí al verla. Supuse que su sensación de libertad era tan alegre como la sensación que me producía estar de nuevo en casa. ¿Estaría Ulric allí? Ansiaba contarle todo lo vivido durante el viaje. -Es feliz- murmuré cerca del hombre, lo suficiente como para captar su atención -¿Tienes familia?- le miré -¿Alguien esperándote en alguna parte de la galaxia?- Kay me miró arqueando una ceja. Mis preguntas no iban con ninguna intención más que la de conocerle si, de alguna forma, conseguía entrenarle. Dejar los sentimientos como el amor, los celos y la envidia atrás era algo esencial para ser un Jedi. Sin embargo, él me preguntó con cierta picardía si me interesaba que tuviese a alguien. Parpadeé extrañada -No- contesté sin más. -Mi único interés es este Templo y... la galaxia al completo- sonreí complacida. El hombre bufó, alegando que mi interés era algo aburrido -Para nada. He crecido aquí... prácticamente siento que he nacido aquí. Mi vida al completo, está aquí- el orgullo me invadió. Me acaricié la pequeña trenza que me caracterizaba como padawan. La recordaría con cariño una vez ya no estuviese. Quedaba muy poco...
Dal apareció una hora después. Me costó empeño mantener a la pareja a mi lado hasta su llegada. Sin embargo, al ver el rostro preocupado de mi maestro, prácticamente olvidé que estaba acompañada. -Maestro ¿Que ocurre?-
-Nada bueno-
-¿Qué es nada bueno?- La preocupación me comía las entrañas. No deseaba que Dal se pusiese críptico en ese preciso instante.
-Para empezar, han negado que quieran tener a Kay entre nosotros- Aquellas palabras, provocaron que el piloto prestase más atención. Quiso reprochar algo al respecto, pero no pudo, pues fue cortado por Dal -Y lo que es peor... Han paralizado el Templo. No habrá gestiones más allá de las necesarias, así como tampoco se sucederán más nombramientos hasta nueva orden- Aquellas últimas palabras, me sentaron como un vaso de agua fría arrojado sobre mi cuerpo. ¿Como que se paralizaban los nombramientos? ¡¿Y que pasaba conmigo?!
-Maestro... no puede ser verdad...-
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